Un viaje por siglos de viñedos, personajes, crisis y pasión hasta convertirse en una de las grandes regiones vinícolas del mundo

Hay lugares que producen vino.

Y hay lugares que han construido una historia alrededor del vino.

Rioja pertenece a la segunda categoría.

Cuando abrimos una botella de Rioja, estamos descorchando mucho más que un vino. Dentro de ella hay siglos de agricultura, monasterios, comerciantes, viajeros, familias, crisis, innovación y una tierra que aprendió a convertir sus dificultades en oportunidades.

Porque la historia de Rioja no comenzó con una Denominación de Origen. Tampoco comenzó con las grandes bodegas que hoy conocemos.

Comenzó mucho antes.

Comenzó cuando alguien plantó una vid.


Mucho antes de que existiera Rioja

La relación de Rioja con la vid se remonta, al menos, a la Antigüedad. La presencia del cultivo de la vid en la región se vincula con la época romana, cuando el vino comenzó a formar parte de la cultura y de la economía del territorio.

Durante la Edad Media, el vino estuvo estrechamente relacionado con monasterios y pequeños agricultores.

Los monjes necesitaban vino para la liturgia, pero también para la vida cotidiana. Los campesinos cultivaban pequeñas parcelas y producían vino principalmente para el consumo local.

Uno de los documentos más antiguos que menciona la existencia de la vid en La Rioja data del año 873, mientras que ya en 1024 aparecen referencias a viñedos pertenecientes al monasterio de San Millán.

Con el paso de los siglos, aquel vino que inicialmente viajaba poco comenzó a convertirse en mercancía.

Y aquí aparece una de las primeras grandes características de Rioja:

su vino siempre quiso viajar.

A finales del siglo XIII ya existen evidencias de comercio de vino riojano hacia otras regiones. Durante los siglos siguientes, el cultivo de la vid fue ganando importancia y algunas zonas comenzaron a especializarse en la producción y comercialización del vino.


1560: cuando Rioja comenzó a pensar como una marca

En 1560, productores de vino de Rioja llegaron a un acuerdo para utilizar una etiqueta común que identificara sus vinos.

Puede parecer un detalle pequeño.

No lo es.

En una época en la que todavía faltaban siglos para que existieran las marcas modernas, los productores riojanos ya comprendían algo fundamental:

la reputación de un vino depende también de poder reconocer su origen.

La idea de proteger la identidad de Rioja comenzaba a tomar forma.

Y poco más de dos siglos después llegaría otro paso importante.


1787: los cosecheros deciden unirse

En 1787 nació la Real Junta de Cosecheros.

Su objetivo era impulsar el cultivo de la vid, mejorar la calidad de los vinos y facilitar su comercialización en los mercados del norte.

Pero había un problema.

El vino podía ser bueno.

El mercado podía existir.

Lo que faltaban eran caminos adecuados.

Por eso una parte importante de sus esfuerzos se dirigió a mejorar las comunicaciones entre los pueblos productores y lugares como Vitoria y el puerto de Santander.

Es una parte fascinante de la historia de Rioja porque demuestra algo que todavía hoy resulta evidente:

un gran vino no puede conquistar el mundo si no puede salir de su bodega.


El siglo XIX: Rioja cambia para siempre

Y entonces llegó el momento que transformaría definitivamente la historia del vino riojano.

El siglo XIX trajo nuevas ideas.

En Burdeos se habían desarrollado técnicas de elaboración que permitían producir vinos más finos, estables y capaces de soportar mejor los viajes y el envejecimiento.

Uno de los personajes fundamentales en esta transformación fue Luciano Francisco de Murrieta.

Después de conocer en Burdeos nuevas técnicas de elaboración, las aplicó en Rioja. Más tarde fundaría las bodegas que dieron origen a Marqués de Murrieta.

Pero Rioja todavía estaba a punto de recibir una visita que cambiaría su destino.

Una visita que nadie había invitado.


La filoxera: el enemigo que cruzó los Pirineos

En la segunda mitad del siglo XIX, los viñedos europeos enfrentaron una de las mayores amenazas de su historia:

la filoxera.

Este pequeño insecto, de origen americano, devastó enormes extensiones de viñedo europeo.

Francia fue una de las grandes afectadas.

Y aquí ocurrió algo extraordinario.

Mientras los viñedos franceses sufrían, los comerciantes y productores franceses comenzaron a mirar hacia Rioja.

Necesitaban vino.

Y Rioja tenía viñedos.

A partir de la segunda mitad del siglo XIX, comerciantes franceses llegaron a la región para comprar vino y abastecer un mercado francés que necesitaba desesperadamente producto. Algunos terminaron estableciéndose en Rioja y elaborando vino utilizando técnicas aprendidas en Francia.

La crisis francesa terminó convirtiéndose en una oportunidad histórica para Rioja.

Pero todavía faltaba una pieza.

El ferrocarril.


Haro: donde el vino encontró su estación

Si existe un lugar que simboliza la transformación de Rioja durante el siglo XIX, ese lugar es Haro.

La llegada del ferrocarril facilitó enormemente el transporte del vino hacia el País Vasco y otros mercados.

Las bodegas comenzaron a instalarse cerca de las vías.

Así nació lo que hoy conocemos como el famoso Barrio de la Estación de Haro.

Aquello no fue simplemente una concentración de bodegas.

Fue el nacimiento de una nueva manera de hacer vino.

Los comerciantes franceses habían llevado nuevas técnicas.

Los empresarios vascos comenzaron a invertir.

Los viticultores riojanos aportaban las uvas.

El ferrocarril conectaba Rioja con los mercados.

Y el vino comenzó a convertirse en uno de los motores económicos de la región.

Rioja había encontrado la fórmula.

Tierra + conocimiento + inversión + comunicación.

Y la botella comenzó a viajar.


Rioja crece… y vuelve a empezar

Durante la década de 1880, la superficie de viñedo riojano creció de forma muy importante, impulsada por la enorme demanda francesa. La región llegó a producir cantidades extraordinarias de vino para aquella época.

Pero las grandes historias casi nunca son lineales.

Cuando Francia comenzó a recuperar sus propios viñedos, la demanda de vino riojano disminuyó.

Y poco después Rioja tuvo que enfrentarse a su propia crisis de filoxera.

El viñedo tuvo que ser reconstruido.

Hubo que arrancar cepas.

Replantar.

Invertir.

Aprender.

Esperar.

Fue una época durísima para muchos viticultores.

Pero también fue una etapa de transformación.

La reconstrucción del viñedo obligó a modernizar métodos y herramientas, y posteriormente surgieron nuevas bodegas industriales.

Rioja volvía a demostrar una característica que se convertiría en parte de su identidad:

cada crisis terminaba obligándola a ser mejor.


1925: Rioja pone nombre a su territorio

Después de décadas de evolución, llegó un momento fundamental.

1925.

El 6 de junio de ese año se aprobó oficialmente la creación de la Denominación de Origen Rioja, convirtiéndose en la primera Denominación de Origen de España.

La idea era sencilla y revolucionaria:

proteger el nombre Rioja.

Garantizar su origen.

Defender su identidad.

Y establecer unas reglas que permitieran al consumidor saber que aquello que llevaba la palabra Rioja realmente pertenecía a ese territorio.

En 1926 comenzó a funcionar el Consejo Regulador.

En 1928 llegó el primer Reglamento de Rioja.

Rioja ya no era solamente un lugar.

Ahora era también una identidad protegida.


La barrica y la paciencia

Con el paso del siglo XX, Rioja desarrolló una de sus características más reconocibles:

la crianza.

El tiempo se convirtió en uno de sus ingredientes.

La barrica de roble.

La botella.

La paciencia.

Y una forma de entender el vino en la que el productor no buscaba solamente elaborar una bebida para consumir inmediatamente, sino crear un vino capaz de evolucionar.

En 1974, Rioja estableció por primera vez con carácter obligatorio un precinto de garantía para diferenciar los vinos criados en barrica.

Y en 1980, el Consejo Regulador estableció el sistema de categorías relacionado con el envejecimiento:

Joven, Crianza, Reserva y Gran Reserva.

Además, comenzó el control obligatorio de la añada.

Aquellas palabras terminarían convirtiéndose en parte del vocabulario universal del vino español.


1991: Rioja alcanza la cima

Y entonces llegó otro año histórico.

1991.

Rioja se convirtió en la primera Denominación de Origen Calificada de España.

La palabra “Calificada” no era simplemente un título.

Representaba un nivel superior de exigencia.

La normativa estableció requisitos más estrictos relacionados con el origen de la uva, las bodegas, el embotellado y el control de calidad.

Rioja había recorrido un camino extraordinario.

De los pequeños viñedos medievales.

A los comerciantes.

De los caminos difíciles.

Al ferrocarril.

De la llegada de los franceses.

A las grandes bodegas.

De la filoxera.

A la reconstrucción.

De una región productora.

A una Denominación de Origen.

Y finalmente a una DOCa.


Pero Rioja no es una sola Rioja

Una de las cosas más fascinantes de Rioja es que hablar de ella como si fuera un territorio completamente uniforme sería quedarse corto.

La región vitivinícola se extiende alrededor del río Ebro y se divide tradicionalmente en tres grandes zonas:

Rioja Alta, Rioja Alavesa y Rioja Oriental.

Cada una tiene su propia personalidad.

Rioja Alta, con sus altitudes y condiciones climáticas, ha sido históricamente una de las grandes zonas productoras de vinos de crianza.

Rioja Alavesa, situada al norte del Ebro, combina pequeños municipios, viñedos y una fuerte tradición vitivinícola.

Rioja Oriental, hacia el este, presenta condiciones más cálidas y mediterráneas.

Tres territorios.

Un mismo nombre.

Y una enorme diversidad.

Porque quizá una de las grandes lecciones que Rioja ha aprendido con el tiempo es que la identidad no significa uniformidad.


La Rioja del siglo XXI

Y aquí podría terminar la historia.

Pero sería un error.

Porque Rioja todavía está escribiendo su siguiente capítulo.

En las últimas décadas, la región ha buscado combinar tradición e innovación.

La crianza continúa siendo fundamental, pero cada vez existe mayor interés por expresar el origen concreto de los vinos.

En 2017 se incorporaron categorías como Vinos de Municipio y Viñedos Singulares, buscando ofrecer una información más precisa sobre el origen.

También se ha producido una evolución importante en los vinos blancos.

Rioja, tradicionalmente asociada en gran medida con sus tintos, ha ampliado su diversidad y ha impulsado nuevas variedades y estilos de blancos. El propio Consejo Regulador identifica entre 2008 y 2009 una importante “Revolución Blanca” con la incorporación de nuevas variedades autorizadas.

Y el enoturismo ha convertido a la región en un destino donde el visitante no solamente prueba vino.

Porque el vino no solamente se bebe… también se cuenta.